Arte


7 julio, 2007

El gaucho argentino




           

      Por Revista La Vena



    Cuanta reprobación a este habitante de nuestra patria. Inclusive personajes como Domingo F. Sarmiento y Jorge L. Borges no ahorraron desaprobaciones a tan auténtico exponente de la argentinidad. Hoy, 10 de noviembre, día de la tradición, lo reivindicamos, mostrándolos como era: sencillo, valiente y trabajador.
    La palabra gaucho nos hace pensar en un hombre de campo, tostado por el sol, vestido de manera particular y siempre a caballo. Todos hemos visto alguna vez, especialmente en fiestas patrias, a esos seres de pantalones amplios, llamados “bombachas”, camisa, casaca corta pañuelo al cuello, relucientes botas y sombrero.
    Los primeros gauchos.
    Hacia 1600 aparecen en el Litoral los gauderios o changadores. Estos fueron los primeros gauchos. Pocos años después los encontramos ya en la campaña bonaerense. El ganado cimarrón tuvo mucho que ver con la presencia del gaucho en estas tierras. En efecto había entonces en las desiertas llanuras pampeanas miles de cabezas de vacas y caballos salvajes, sin dueño, denominados cimarrones. Y esos hombres -que luego se llamaron gauchos- empezaron a alejarse hacia la campaña donde podían subsistir sin mayor esfuerzo, pues con ese ganado de nadie satisfacían sus necesidades de sustento. Para comer bastaba con faenar un animal; lo demás lo brindaban la naturaleza: no le hacia falta nada más. De este modo comenzaba a dibujarse la imagen del gaucho libre, sin trabajo ni vivienda fija, recorre a caballos grandes distancias y duerme al descampado sobre su recado cuando lo sorprende la noche en la soledad de la llanura. Lleva una vida nómade y apartada de las ciudades.
    El gaucho trabaja en las vaquerías y debido a las expediciones que tienen que hacer para buscar el ganado, se van alejando cada vez más de los centros poblados y se diseminan por las pampas. Fueron pues los primeros paisanos que fundaron una sociedad campesina. Sabemos que hacia 1661 el gaucho deambulaba de rancho en rancho- asi se llamaba su rústica casa-, con sus infaltables lazos y facones, vestido con calzoncillos blancos, chiripá, poncho y sombrero. Tales prendas y los aperos de su caballo son los únicos bienes del gaucho, para quien la sociedad se reduce a la familia y a sus compañeros de pulpería.
    Cuando al país llamo a sus hijos para luchar contra España, después del 25 de mayo de 1810, los gauchos ingresaron en las filas patriotas. La audacia, la habilidad para cabalgar y el enorme conocimiento del suelo, hicieron de él un excelente soldado. Más adelante, también participaron en las guerras civiles al lado de los caudillos. Por una parte el gaucho sentía al caudillo como a un hombre de sus mismos gustos, parecidas costumbres.
    A raíz de una ley expedida en 1815 se dispuso que quien no tuviera propiedad legítima sería considerado sirviente, y todo sirviente que no llevará consigo la papeleta de conchabo de su patrón-que era válida solo por 3 meses-era declarado vago. La persecución que originó esa ley convirtió a muchos gauchos en hombres al margen de la sociedad. Al ser perseguidos por la “justicia” hacia las tolderías de los indios o engancharse en las filas de un caudillo, muchos prefirieron esto último: de ese modo aparecen peleando al lado de Artigas, Ramírez, y López en el litoral, con sus propios caballos y armas. Todos los hechos señalados y los que van a producirse a partir de 1850, van transformando poco a poco al gaucho en paisano. Pero esa es otra historia.

    La Vena N° 27- noviembre 2007
    Fuente: Centro Editor de América Latina

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