Debates


20 marzo, 2019

Esta democracia no sirve…debe ser autoorganizada




           

      Por Revista La Vena



    Hacia un nuevo sistema.

    Modelos mentales

    Introduzco estas reflexiones con el siguiente texto:

    “El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de agravios, de derechos, de una mitología peculiar, de antiguas o recientes tradiciones, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

    Claro, es un texto muy conocido, lo publicó Jorge Luis Borges en una época triste, pocos días después de la caída de Puerto Argentino en 1982.

    Bueno, lo que trato de recrear con esta lectura es que nosotros somos un resultado de nuestros modelos mentales, entendiendo por modelos mentales ese conjunto de pensamientos, valores, creencias, experiencias, juicios y prejuicios con los cuales andamos por la vida y a partir de los cuales percibimos e interpretamos la realidad.

    Nuestros modelos mentales son producto, por un lado, de una deriva ontogénica, relacionada con nuestro propio desarrollo individual, y por otro lado, de una deriva relacionada con el entorno que nos condiciona, nos configura y nos hace ser como en definitiva somos. No podemos entendernos sino como un producto histórico, ligados inexorablemente a un momento y a un lugar determinados. Ahora bien, de la forma en que percibo el mundo, dependerá la forma en que opere sobre él. Por eso es tan crucial el tema de los modelos mentales.

    Nosotros – yo y un grupo de amigos con los que trabajamos en ciencias de complejidad – tenemos la percepción de que la política, como tantas otras actividades humanas, ha girado bajo el escenario conceptual de una determinada forma de percibir, de entender y de explicar las cosas; y bajo una forma de operar sobre ellas que deviene de esa forma de verlas. Eso es lo que se conoce normalmente en términos genéricos con la expresión “paradigma”.

    Sin entrar en un excesivo detallismo epistemológico, digamos tan sólo que nuestro mundo es el producto de un paradigma científico que emerge y se consolida entre los siglos XVI y XVIII.

    Sin embargo, en los últimos cien años, ha habido en la ciencia un cambio profundo y revolucionario. Pero este cambio no ha impactado todavía en nuestras instituciones. Esto se puede advertir al observar la situación que vivimos de desborde generalizado y el estado de crisis casi terminal de los sistemas tradicionales de gestión de la convivencia. Comprender el cambio en la ciencia nos puede ayudar a entender por dónde debería venir el cambio en la política, a fin de superar la situación de “desfase” de nuestras instituciones con la realidad sobre la que deben operar.

    Si bien menciono en esta exposición pares dicotómicos entre el enfoque tradicional y el sistémico, aclaremos que todas las características interactúan sinérgicamente entre sí y no pueden entenderse separadas unas de otras.

    Reduccionismo / Holismo

    Una de las características centrales del paradigma científico positivista, y que es genuinamente cartesiana, es la idea del reduccionismo. Todos somos tributarios de este concepto. El reduccionismo científico es la forma de ser de nuestras universidades, que fragmentan e hiperfragmentan el conocimiento, desarrollando por un lado la medicina, por otro la física o la química y por uno distinto la biología, y por otro la filosofía o las matemáticas. También nuestros modelos mentales retroalimentan ese esquema, de manera tal que nosotros vemos el mundo fragmentado y compartimentado, plagado de especialistas en áreas del conocimiento cada vez más reducidas y aisladas unas de otras.

    El holismo, entonces, implica como modelo mental, una visión distinta. Implica que la realidad no se puede escindir o fragmentar para entenderla, porque la realidad no está hecha de elementos que interactúan sino de procesos y de relaciones.

    Orden y equilibrio / Desorden, evolución y caos

    Otra idea muy fuerte en el pensamiento de Newton, de Descartes y sobre todo expuesta por Laplace en su mecánica celeste, es la idea del orden y el equilibrio que llevan al determinismo. Estos conceptos vienen desde la física y la química, pero después son llevados a las ciencias sociales básicamente por el fundador de la concepción moderna del Estado, Tomás Hoobes, allá por el año 1650 y definen una percepción o un sesgo valorativo que postula lo “ordenado” como preferible. Si yo les pregunto a ustedes qué prefieren, el orden o el desorden, seguramente dirán el orden.

    Sin embargo, a partir de la física cuántica y de la teoría de la relatividad hasta llegar a los trabajos más recientes de Ilya Prigogine, sobre termodinámica del no equilibrio y que le valieran el premio Nobel, sabemos lo que el más elemental sentido común nos dice: que el mundo, que la vida, es desorden, es desequilibrio y es evolución y transformación, dentro de determinados márgenes de estabilidad, salvo cuando se producen bifurcaciones y procesos caóticos. Esto conlleva también el reconocimiento de la impredictibilidad como una característica de los procesos vitales. Esta concepción no debe llenarnos de congoja, sino simplemente informarnos que los sistemas vivos operan fuera del equilibrio, metabolizando y disipando energía y evolucionando hacia estados más complejos.

    El universo ficcional del orden ya había sido conmocionado en el siglo XIX con la teoría de los campos magnéticos de Maxwell y Faraday, con la teoría de la evolución de Lamarck y Darwin, con la filosofía de Hegel y la concepción política de Marx, pero recién en el siglo XX se comprendió cabalmente la naturaleza de los procesos alejados del equilibrio, que plantean para la política el desafío cultural de pasar de la imposición del orden a la gestión del desorden.

    Mecanicismo / Organicismo

    Aquí hay otra diferencia significativa entre la perspectiva positivista y la de complejidad. Para el positivismo, el universo es una maquinaria, un mecanismo de relojería, formado por partes que interactúan según leyes eternas e inmutables. Esta concepción pasa también a la política, donde el modelo de Montesquieu de división de poderes es concebido en términos mecanicistas de un conjunto de partes interrelacionadas.

    La percepción de la sociedad como un organismo suprabiológico, la idea de que todos los sistemas tienen un desarrollo orgánico – desde la célula o la partícula hasta las sociedades pasando por todos los sistemas de actividad humana – es un dato de la nueva ciencia que impone una reflexión sobre lo que nos pasa.

    La delincuencia o la corrupción son sistemas del mismo tipo y nosotros tratamos de enfrentarlos con respuestas de carácter mecánico, reactivas y externas, como son nuestras instituciones policiales y judiciales. Y claro, fallamos. Fíjense en este ejemplo: la provincia se gastó hace  poco tiempo un vagón de plata en autos para la Policía y en organizar la cuadrícula. La delincuencia, cambió en apenas un mes sus principales modalidades operativas y no fue necesario que se juntaran a deliberar y votar para eso. Los problemas de este tipo sólo pueden abordarse efectivamente desde estrategias integrales y holísticas, porque, de no hacerse así, los propios controles “internos” de los sistemas que se quieren combatir, actúan a la manera de un subsistema inmunológico y rechazan las intervenciones externas que perciben como amenazantes.

    Fíjense lo que le cuesta a la justicia, por ejemplo, adaptarse a nuevas modalidades delictivas, al tener que esperar, a veces años, modificaciones en los códigos o cambios en los procedimientos.

    Concepto de poder / Red y autoorganización

    La comprensión de las sociedades como supraorganismos biológicos, nos lleva también a una revisión del concepto de Poder.

    Digámoslo así: La revolución francesa, la revolución inglesa, y la revolución norteamericana, no cambiaron el concepto profundo de poder, que viene del concepto de “fuerza” de la física newtoniana y que es la capacidad de operar sobre una cosa para que haga o deje de hacer algo. De allí pasó a las ciencias sociales como la capacidad relacional de condicionar o determinar la conducta de los demás. Ese concepto de poder, en las grandes revoluciones liberales, sólo fue contenido, restringido, limitado o reglamentado, fundamentalmente a través de las constituciones escritas, sin alterar su naturaleza intrínseca.

    Pero es la propia idea de “poder” la que está en crisis ahora. Es que a partir de la teoría de los sistemas vivos o autopoiéticos y a partir de la constatación de que estos sistemas tienen un patrón de red y las redes, por naturaleza, no tienen centro ni control, vemos que realmente la idea de “potestad de dirigir procesos” está controvertida.

    Lo que sabemos ahora es que los sistemas, todos los sistemas vivos se autoorganizan.

    Egoísmo /Altruismo

    Otra idea que le debemos al mundo moderno es la idea del egoísmo. Miren, todavía en las facultades de Ciencias Económicas de la Argentina se sigue enseñando que el egoísmo es el motor de la evolución. Todavía en las facultades de Derecho se sigue enseñando a Hobbes como palabra sagrada. La idea del egoísmo como motor del progreso y de la competencia como algo natural fue desarrollada luego por Adam Smith, a lo que se agregó el utilitarismo de Bentham. A partir de entonces, el egoísmo, la competencia y la búsqueda de placer constituyeron los pilares axiológicos de la sociedad moderna.

    Ahora bien, los estudios sobre la evolución de las especies vivientes en el planeta, parecen indicar completamente lo contrario. En efecto, de los tres grandes caminos de la evolución, es decir la mutación aleatoria de genes, la recombinación de ADN y la simbiosis, es este último camino el que parece justificar mejor la permanencia de las especies en el planeta, asociadas intensamente en un proceso eminentemente colaborativo. Eso ha llevado a las científicas Lynn Margulis (coautora de la Hipotesis GAIA) y Dorion Sagan a decir que “La vida no conquistó el globo con combates, sino con alianzas”.

    Desde los primeros prosimios hace más de un millón de años, pasando por los australopitecos y llegando a los primeros sapiens  hace cien mil años, no podría haber evolucionado la especie humana en el planeta si no hubiera sido por el altruismo y la cooperación. Pero no entendidas desde el voluntarismo, sino como un substrato de pertenencia a una especie con un destino común.

    Por supuesto que si mis modelos mentales persisten en la creencia de que el egoísmo es el motor de la evolución, yo retroalimentaré con mi conducta una cultura y una sociedad egoístas. Si yo le enseño a mi hijo que el hombre es el lobo del hombre, o que los recursos naturales del planeta están a mi disposición o que el papel secundario de la mujer en la sociedad es “natural” o que siempre hubo pobres, yo estaré contribuyendo a una sociedad que exprese, precisamente, este tipo de valores. Así nos va!

    En política, la consideración del egoísmo y la competencia como algo natural, refuerza los procesos de suma cero, es decir, de ganar derrotando al otro, de pensar estrategias basadas en la idea de que, para que a mí me vaya bien a alguien le tiene que ir mal.

    Objetividad / Integración de los valores

    Otro tema que yo diría que es grave, es que en las universidades argentinas les sigan enseñando a los chicos el relativismo axiológico científico. Los chicos que estudian Ciencias Políticas, Economía o Derecho, tienen que venir a repetir que la ciencia es “axiológicamente neutra”, que la ciencia prescinde de los valores, que la ciencia toma los valores como datos o hechos y la otra cosa que está totalmente desvirtuada es que el observador es neutral o independiente frente a la realidad, es decir, que la ciencia estudia la realidad “tal cual es”.

    Pero además, si observamos a lo que nos están llevando algunos experimentos científicos – en términos de predación ambiental, armamentos o manipulación genética – podemos comprender los efectos peligrosos de la neutralidad axiológica. En política, la prescindencia de los valores nos ha llevado a un cínico “pragmatismo” de peligrosas consecuencias.

    Racionalidad / Emocionalidad

    También el postulado positivista de que las cosas que no pueden ser medidas, calculadas o pesadas, deben ser alejadas del ámbito de la ciencia, hizo que prescindiéramos de las emociones y las sesgáramos con una especie de visión disvaliosa. “No te dejes gobernar por tus emociones, nene”. Y sin embargo, también ahora sabemos que las emociones guían nuestra vida; las emociones definen las cosas más importantes de nuestra vida.

    Pero al sacar las emociones del ámbito de la ciencia, las sacamos del ámbito de la formación, de la instrucción y de la educación. Dijimos: “Ah, no, yo sólo me manejo con la razón”, “yo esto lo hago desde la razón”, y cuando yo escucho eso me empiezo a asustar. Ay mamita!

    En política, el desmanejo emocional es terrible. Ustedes han visto, como yo, a un presidente, Fernando de La Rúa, en un patético gesto encaminado a demostrar que “tenía autoridad” pone de Secretario General de la Presidencia a un Ministro sospechado de haber influido indebidamente sobre el Senado y precipita la renuncia de Chacho Álvarez y todo lo que vino después.

    Pero hay millones de ejemplos.

    El desmanejo y el analfabetismo emocional causan un tremendo daño a la política, a las relaciones humanas y obviamente a nuestra salud. Entonces, nos parece importantísimo incorporar la cuestión de la gestión emocional a cualquier estrategia de rediseño de la política.

    Modelo ideológico – prescriptivo / Management del desorden

    Bueno, otra cosa que es un producto típico del positivismo científico son las ideologías. Cuando se configura la democracia representativa, con la sistematización de Sieyes y con las constituciones norteamericana y francesa, es decir, en la fecha de nacimiento de las democracias modernas, sólo había una clase social dominante que era la burguesía. Pero fue recién con la emergencia de una nueva clase social en el mundo, que es el proletariado industrial, que se empieza a configurar el papel ordenador y etiquetador de las ideologías y de los partidos de programa como medios de articulación combinatoria entre la sociedad y el Estado.

    Cuando emerge el proletariado industrial, Marx desarrolla un sistema completo de ideas orientadas a la acción política y, curiosamente, denuncia el carácter disfrazador de las ideologías. La generalización de los sistemas electorales de mayoría y minoría y la universalización del sufragio convierten a los partidos en oferentes masivos y estandarizados de un producto a cambio del voto. Pero estos esquemas se empiezan a agotar cuando ingresamos en la sociedad cibernetizada y complejizada, en la que se genera la situación de crisis por obsolescencia de los sistemas tradicionales y por emergencia de nuevos movimientos.

    Ojo! Que siempre hubo y hay valores, principios y escrúpulos en la actividad humana. No suscribimos la “muerte” de las ideologías porque todos andamos con un sistema ideológico de mochila, pero entendemos que han desaparecido como mecanismos de adopción de programas públicos. ¿Porqué? Porque no pueden lidiar con el cambio vertiginoso del contexto y porque no pueden lidiar con el incremento exponencial de la información.

    Pero esto no lo decimos nosotros. Miren la experiencia de Nueva Zelanda del Partido Socialista en 1982, primera experiencia de “reinvención de gobierno” estudiada científicamente, donde un gobierno laborista fue capaz de revisar pautas dogmáticas y generar nuevas estrategias; hay muchos ejemplos más. ¿Por qué?. Porque muchos partidos políticos en el mundo comenzaron hace años procesos de reciclaje hacia la capacitación de sus cuadros en términos de capacidad de management y vinculación de la política con la ciencia. Esto es parte de nuestro gran desafío.

    Democracia representativa / Democracia autoorganizativa

    La democracia representativa, en su formalización representativa partidocrática, respondió al momento histórico del surgimiento de la burguesía primero y del proletariado industrial después. En ese contexto, el poder se erigió en “representativo” operando por la vía de una delegación del ciudadano al gobernante en términos de un mandato no imperativo.

    Agreguen también a eso, que la democracia representativa está construida sobre un postulado de hoy dudosa verificación, pero muy actual en el siglo XVIII y XIX: el postulado de que los líderes saben más, están más preparados, están mejor capacitados para la cosa pública que los colectivos sociales a los que deben servir. La transformación de la ciencia en un producto de consumo masivo y el acceso a los beneficios del conocimiento de millones de personas antes postergadas, cambian totalmente este escenario. Hoy, sabemos que muchas veces, en los colectivos sociales, hay más lucidez, más conocimiento y más sentido común que en los líderes.

    La constatación fáctica de estos postulados, en el arduo y fascinante trabajo de la ciencia del ultimo siglo, nos lleva a plantear la necesidad de prepararnos para el próximo gran cambio de la política: la emergencia de una democracia efectivamente autoorganizativa, muy cercana a la democracia directa.

    No se pueden comprender nuevas estrategias y formas organizacionales como , la Policía comunitaria, la justicia restaurativa o la emergencia de movimientos vecinalistas y de ONGs que no sólo reclaman y peticionan sino que, además, gestionan y proveen satisfacción a intereses y necesidades públicas, sino desde una comprensión profunda del cambio de paradigma que – sugerimos – está teniendo lugar. Y eso explica también porqué muchas de estas innovaciones encuentran tanta resistencia en los modelos mentales establecidos.

    Claro, este nuevo sistema político puede conllevar una carga disvaliosa para quienes están demasiado apegados a la idea del orden, a la idea de la razón, a la idea del equilibrio, a la idea del control externo, a la idea del poder como imposición y, sobre todo, a la idea de que otro se haga cargo de los problemas que tenemos que resolver entre todos nosotros, asociados a nuestros semejantes, en un contexto donde la real democracia se asienta en la plegaria de la tolerancia, es decir, en términos de Leopoldo Marechal, en el respeto al otro en tanto que otro. Creemos que eso es lo que viene.

    Autor: ALBERTO MONTBRUN 

    Publicado en el libro “Sociedad vs. Política – Desafíos frente al conflicto”.

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