Socioambiental


5 abril, 2011

Los abuelos tienen mucho para dar




           

      Por Lucila Arancibia



    Pertenecemos a una sociedad donde hay muchos grupos vulnerables y necesitados de afecto. Uno de ellos son los ancianos que no tienen familia, otros la tienen pero no pueden atenderlos. En todos los casos requieren una atención especial. Esta nota habla de eso, de las necesidades y las posibilidades recubiertas en esas caritas que derraman testimonios de vidas y experiencias transitadas.

    De izquierda a derecha : Tomás Lucero, Virginia Biella y Lucía Arancibia Voluntarias, y Juan Sangles,(arriba) Lilian Calderón, Felisa Ramos y J. Chaperón.

    En las reuniones de la Asociación Civil “ La Vena” hablamos entre nosotras ( Lucía y Virginia )  sobre la
    posibilidad de leerles historias y cuentos a los abuelos que están internados en los geriátricos, con el objeto de entretenerlos y disipar sus visiones pesimistas sobre la vida y sumar una cuota de fe y esperanza en el porvenir.
    Buscamos y analizamos lugares, tomamos la decisión de gestionar una acción de voluntariado en el hogar “Santa Marta”, en calle Boulogne Sur Mer frente al parque General San Martín. Le hicimos la propuesta a los directivos y acá estamos.
    Comenzamos la tarea a mediados de setiembre del año 2010. Fuimos buscando cuentos breves de fácil
    comprensión para los abuelos; que presenten situaciones de humor o con desenlaces positivos; que se sitúen  en épocas vividas por los abuelos o con personajes por ellos conocidos. También nos ha dado resultado la lectura de fábulas, leyendas y cantar algunas canciones, en ese caso ellos se acoplaron y las reconocen cantando, y eso también les agrada. Comparando con el principio, a través de los meses observamos que en cada encuentro logran disfrutar más estos momentos de compartir, escuchar, opinar, sonreír.
    Lo que más nos sorprende en este contacto semanal con ellos  es encontrar en muchos, una aceptación de
    lo que la vida les ofrece y en otros abuelos pueden disipar su estado de tristeza o soledad. Pero lo que más nos moviliza es pensar que en uno de los  momentos más frágiles de sus vida, muchos de ellos casi indefensos, se hallen en una situación de abandono o de casi total ausencia de lazos familiares. En estos últimos meses al hogar le han realizado varias mejoras edilicias. Este bienestar también se les ve reflejado en sus rostros.
    Nos preguntamos: ¿Cómo enfoca la sociedad a la que pertenecemos esta problemática?
    Se nos ocurre decir  que frente a situaciones límites como las que ellos han atravesado (muchos han
    vivido en la calle, o no tienen familia que responda por ellos, o se hallan en total indefensión por sus enfermedades) es positivo que haya instituciones que se hagan cargo. Es mucho lo que se debe mejorar, pero es la sociedad en su conjunto la que debe ocuparse por la realidad  de sus mayores.
    Hay personas que quisieran acercarse a ayudar a los abuelos  y nos preguntan qué hay que tener en
    cuenta para dar ese paso. Nosotros explicamos que al asumir un compromiso de este tipo, debiéramos tener
    en cuenta que –como en toda relación humana- se generan lazos afectivos.

    • Que por la situación de los abuelos, estos vínculos tiene un costo emocional alto.
    • Que muchas veces es difícil la comunicación por problemas de disminución auditiva, visual o motriz.
    • Que en ocasiones encontrará en los abuelos  más deseos de hablar que de escuchar lo que se le llevó
    para leer.
    • Que es necesaria una continuidad en el trabajo para lograr confianza.
    • Que es importante formar un equipo y poder rotarse.
    • Que lograda esa confianza, el voluntario es esperado por los abuelos, y no se los debe defraudar.
    • Y sobre todo, que es enorme el enriquecimiento personal que proporciona este tipo de tarea.

    Testimonios recogidos en charlas con los abuelos:
    Uno de los abuelos más comunicativo es Rogelio Montenegro. Es el primero que se presta a contar
    algunas experiencias y a permitir que  grabemos su voz. Cuando le preguntamos por los carnavales, recuerda: En los años 60, en la calle Perú estaba el club Pacífico, unos bailes fantásticos, con artistas de Bs. As. ¿Te acordás de alguna orquesta? La de “Varela Varelita”.
    – ¿Se disfrazaban para ir?
    – Sí, iban disfrazados todos.
    – ¿Qué edad tenía la gente que iba a esos bailes?
    Era gente joven, algunos un poquito mayores, pero en general eran muy jóvenes.
    – ¿Había otros lugares que vos recordás?
    Y en todos lugares se hacían bailes. En Las Heras, en La Cieneguita
    – ¿Y en el viejo Polimeni?
    – Yo no iba, no recuerdo.
    Rogelio también disfruta contando algunos chistes:
    – ¿Qué le dijo un gusano al otro?
    – Vamos a dar una vueltita a la manzana.
    Se juntan dos pescados, y uno le pregunta al otro.
    – ¿Tu viejo qué hace?
    – ¡Y, nada…!
    Un relator de cuentos preferido de Rogelio es Landriscina: “Yo lo conocí a Landriscina,  en el año
    70. Estaba con el conjunto “Los Altamirano”. En ese tiempo costaba 10 pesos, era mucha plata.”
    El cuaderno de Felisa Ramos.
    Desde que  comenzamos, Felisa nos contó que le gustaba escribir, pero solo después de varios encuentros nos mostró su cuaderno. En él copia y reelabora algunos poemas que le gustan y nos confió estos versos que siguen, que son de su autoría.
    Nos anticipa que son tristes, y que surgieron cuanto se sintió muy mal al ver un niño desvalido:
    “Hoy he visto y me he sentido con el alma acongojada porque  el llanto de hambre de un niño me hace desear no haber nacido“.
    Quisiera tener dinero, mucho para darles protección,  techo y darles amor porque no debemos olvidar que ese es el mandato que nos dejó Dios”.
    O estos dos versos que también expresan su sentimiento:
    “La forma exterior de un anciano no representa su espíritu”
    También hablamos con Felisa sobre los carnavales en Villa Atuel, distrito de San Rafael, donde transcurrió su infancia, y tomamos nota de lo que nos contaba: “El barrio Arizu, estaba formado por una calle larga, a la que daban todos los frentes de las casas.
    En carnaval, cada familia  arreglaba su hall de entrada de diferentes maneras: algunos vendían empanadas, otros sánguches de asado con ensalada. Un día mi tía iba con la bandeja llena y se cayó. Todo fue al suelo. También las calles estaban arregladas con guirnaldas.
    La gente se disfrazaba. Había un señor que se había puesto un bombachón ancho como de payaso y
    para rellenarlo se puso papel de diarios. Cuando se cayó sonaban los papeles y fue a dar a una acequia y no podía salir porque le pesaba el diario mojado.
    También a los quince años me disfracé de muchacho, me puse gomina en el cabello, me pinté los bigotes y las patillas, me puse un pantalón ajustado, una  camisa rayada y gorro.
    En esa fiesta se elegía el mejor disfraz, el mejor arreglo de la casa, el que mejor bailaba…”
    En su memoria guarda algunos apellidos de sus vecinos: Gata, Galindez, Norrito, Daldosso, Peletay,
    Gorri, Pacheco, Arancibia, Maroa, Iturbe, Astudillo…y también  recuerda a Porota Fernández, la maestra.

    El voluntariado 
    El voluntariado es el trabajo de las personas que sirven a una comunidad o al medio ambiente por decisión propia y libre. El término también hace referencia al conjunto de dichas personas, los voluntarios. Por definición, los voluntarios no cobran por su trabajo.
    Hay diferentes motivaciones que mueven a estas personas a dedicar parte de su tiempo al
    trabajo no remunerado. También hay distintas maneras de ser voluntario: una clasificación básica distingue al voluntariado formal (el realizado dentro de organizaciones no lucrativas del informal (los voluntarios actúan individualmente o en grupos no registrados). Otra clasificación elemental distinguiría el voluntariado en el que los beneficiarios son personas de aquel en el que el trabajo mejora el medio ambiente (en general o parte de él: animales plantas, etc.).
    El trabajo voluntario debería cumplir tres condiciones:
    Ser desinteresado: el voluntario no persigue ningún tipo de beneficio ni gratificación por su ayuda.
    Ser intencionado: el voluntario persigue un fin y un objetivo positivo (buscar un cambio para
    Mejorar  en la situación del otro) y legítimo (el voluntario goza de capacidad suficiente para realizar la ayuda y de cierto consentimiento por parte del otro que le permite que le ayude).
    Estar justificado: responde a una necesidad real del beneficiario de la misma. No es un
    pasatiempo ni un entretenimiento sin más, sino que persigue la satisfacción de una necesidad
    que hemos definido previamente como tal. Generalmente se busca el beneficio del otro a través de un esfuerzo personal, movido por algo, buscando como decimos, un fin justificado.
    El voluntariado complementa la labor de la administración pública y de los profesionales de
    la acción social, pero nunca los debería sustituir ni suplantar.

    Contactos para sumarse a este proyecto: 
    LUCIA ARANCIBIA – Tel 0261 156826253 – lucy_arancibia@yahoo.com.ar
    VIRGINIA BIELLA  Tel 4443963 – virginiabiella@gmail.com

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