Arte


9 marzo, 2019

Melitona Enrique, la historia de una masacre oculta




           

      Por Lucio Albirosa



    En 1904 comenzó la osadía del oro blanco argentino y con ella el reclutamiento de gran parte de aborígenes dispersos en el norte del país. Argentina fue seducida por Gran Bretaña a los efectos de una explotación algodonera y EE.UU no tardó en introducir su asesoramiento de conveniencia. La mano de obra barata para tal fin, requerida por el capitalismo, eran los aborígenes. 50.000 hectáreas sembradas de algodón arengaban la cima de cualquier producción nacional con destino hacia lobos de Europa y buitres norteamericanos.
    Melitona Enrique había nacido el 16 de enero de 1901 en el paraje chaqueño El Aguará, a 120 kilómetros de Resistencia. La mañana del 19 de julio de 1924, cuando la juventud la encontraba dentro de un rancho de los obrajes de Napalpí, se vio acorralada junto a más de 700 wichis, tobas y qom, por la policía del Chaco y terratenientes estancieros (algunos medios capitalinos anunciaron “doscientos indios sublevados murieron en enfrentamiento”). Ella protestaba por el sometimiento animal al trabajo esclavo y resistía junto a los suyos la quita de sus tierras.
    “Shegua lapaic kabemaic”, los blancos vienen gritando odio y traen fuego entre sus manos…- :dijo el gurisito qom que recibió el primer disparo en su cuello.
    Mujeres, niños y ancianos fueron masacrados al son de fusiles por más de cuarenta minutos. El que no murió por las balas murió degollado por hachas y machetes, algunos pocos fueron ahorcados y descuartizados.
    El radical Marcelo T. de Alvear era presidente del país por entonces, Guillermo Centeno, un terrateniente santafesino, era el gobernador del Chaco. Este último fue quién dió la orden de que los sublevados “indios” no salieran del Chaco y la del “¡fuego!” represivo qué escribe esta historia. El proceso social del genocidio se llevó a cabo esa mañana de manera ejemplificadora.
    Melitona logró huir, herida, junto a su madre. Días y noches entre el barro de los montes y las espinas del yuyerío hereje de la vida; desnutridas, sedientas, deshidratadas y hambrientas, caminaron, se arrastraron y sufrieron en la huida. Su madre quedó en el camino, no aguantó tanto dolor y persecución.
    La matanza continuó por un mes más con el fin de acabar con cualquier testigo posible. Un mes más tarde, en julio de 1924, un corresponsal del diario La Razón, Federico Gutiérrez, avisaba: “Muchas hectáreas de tierra en flor están en poder de los pobres indios; quitarles esas tierras es la ilusión que muchos desean en secreto”.
    Melitona vivió para contarlo y se marchó a descansar eternamente en Machagai la tarde del 12 de noviembre de 2008, a la edad de 107 años. Fue madre de doce hijos, infinita abuela y bisabuela. Fue testigo viva de una de las masacres más grandes de nuestro país hacia los pueblos originarios, también fue la testigo mayor de una sentencia que jamás nadie impuso ante tanta muerte.
    Los habitantes de Colonia Aborigen, donde hoy descansa Melitona, aún sueñan con que su espacio vuelva a llamarse “Napalpí” y con un poco de justicia, si se los permiten.
    (a la memoria de Melitona Enrique)
    Lucio Albirosa
    Publicado en el libro “La venganza del olvido” (2017)
    Fuentes:
    “La herida abierta”, Mario Vidal.
    “Memorias del Gran Chaco”, Mercedes Silva
    “Crímenes en sangre”, Pedro Solans, Colección Napalpí, Librería de La Paz (2008)
    Testimonio personal de Sabino Yrigoyen, hijo menor de Melitona, Machagai (2015).

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